Hoy decidí aprovechar mejor el día y en vez de quedarme trabajando en el apartamento eleguí instalarme en la Biblioteca del Congreso. Temprano partí en metro hacia Capitol South y me registré como usuario de la misma.
Antes de internarme en la biblioteca y disfrutar del espectacular “Main Reading Room”; decidí pegarle un vistazo a los principales monumentos y atracciones de Capitol Hill. En la pequeña recorrida por supuesto incluí los clásicos: Capitolio, Jardín Botánico, la estatua de Grant y la Corte Suprema; pero además no me pasó inadvertido un monumento que le escapa a casi todos -si no a todos- los turistas.
Cruzado Constitution Ave. hacia el norte, en la esquina NW de la misma, hay una agradable plaza con mucho verde. En su centro una estatua y un importante monumento dedicado a Robert A. Taft.


La plaza resultó ser un agradable refugio de las ordas de turistas (que para ser sincero no son tan grandes estos días del “late summer”); refugio que seguramente no hubiese conocido si no fuera por la editorial que el Dr. Gonzalo Aguirre Ramírez escribiera poco tiempo después de la muerte de mi abuela María Hortencia.
Publicada por el diario “El País”, la nota llevaba el mismo nombre que tomo prestado para este post y su contenido reproduzco a continuación.
por Gonzalo Aguirre Ramírez
“Me ha resultado emocionante, casi antológica, la bellísima página que Luis Alberto Lacalle dedicó a su noble madre, María Hortensia de Herrera, al irse de este mundo casi centenaria. Con ella se ha ido, quizás, la última representante de una generación de grandes señoras, que, junto a sus ilustres mayores, fueron testigos de largas y brillantes décadas de la historia nacional. Ella, además, tuvo el privilegio excepcional de ver cómo su hijo se incorporaba con soltura a dicha historia, desempeñando la Presidencia de la República con acierto y señorío. Recomiendo la lectura de esta necrológica única, sin precedentes, en la que su autor, para hacer justicia a su madre, supo alcanzar el otero.
De sus párrafos, nutridos de hondo amor filial, rescato dos, que me permitirán una reflexión de carácter general sobre las familias que, generación tras generación, identifican su apellido con la causa de la Nación, desdeñando intereses materiales. Abandonando el catastro para ingresar al nomenclátor, al justo decir del propio Luis Alberto. Así ha sido, en nuestro país y en otros países.
Trazando el retrato de su progenitora, escribió: “Luego un patriotismo sin tasa ni medida, arraigado en la tierra oriental que su bisabuelo ayudó a independizar, su abuelo a intentar organizar civilizadamente, su padre a vivificar con la participación ciudadana y el servicio a la libertad, con las armas o con el voto. No pasaba fiesta patria sin que tempranamente nos recordara que era obligación exhibir en nuestras casas la bandera nacional”.
Interrumpo la transcripción para señalar: ¡qué contraste con los confusos días que vivimos, en que el Presidente de la República, contrariando la tradición del país, ha concentrado la celebración de todas las fiestas patrias en una única fecha.
Y la prosigo: “Alentó en mí el entusiasmo y la vocación por el servicio público, reconocido como el más alto nivel de la actuación humana”. Gran verdad, acoto. “Así fue que el 1° de marzo de 1990 le perteneció un gran trozo de la banda color patrio que cruzó mi pecho…”
Tan noble vocación por el servicio público, fomentada por la patriótica madre, la heredó el nieto de su formidable abuelo, así como a éste le había venido, por imperativo genético y por el ejemplo recibido en la infancia y la juventud, de su ilustre padre, Juan José de Herrera, canciller de Berro, “viajero” de la barca Puig e infatigable promotor de la revolución del Quebracho.
Del mismo modo esa vocación, la heredaron Jorge Batlle de su padre, Luis Batlle Berres, así como sus primos César y Lorenzo, de don José Batlle y Ordóñez, y éste de su padre, el presidente Lorenzo Batlle.
No son las únicas familias que en nuestro país, han legado a sus descendientes la pasión por la causa pública. ¡Pobres de las naciones que carecen de esas familias señeras, a cuyos integrantes les duele su tierra, del mismo modo que a Unamuno le dolía España!
Los Mitre, los Alvear y también los Ortiz de Rosas han sido de esa escuela, en la Argentina. También lo fueron los Taft, los Roosevelt, los Cabot y los Lodge, en Estados Unidos. Cuando Averell Harriman, inigualada figura de la democracia de su país en el siglo XX, ya nonagenario narró como se había incorporado -veinteañero- al servicio del Estado, desdeñando el trillo cómodo que le marcaba la gran fortuna familiar, se limitó a recordar:
“The old man, Taft” oficiaba de presidente. Viajé de New York a Washington y me dio mi primer empleo estatal. El “viejo” Taft era, por supuesto, amigo de su familia. Y no le iba a cerrar la puerta a un Harriman.”
————————-
La referencia es a William Howard Taft, duodécimo séptimo presidente de los Estados Unidos; hijo de Alphonse Taft -Secretario de Guerra en la presidencia de Ulysses Grant- y padre de Robert Alphonse Taft -a quien está dedicado el monumento.
Esta editorial me hizo investigar y conocer a estos ilustres y destacados personajes; además de atraerme hasta el monumento por supuesto. En él se leen las siguientes inscipciones:
“This Memorial to Robert A. Taft, presented by the people to the Congress of the United States, stands as a tribute to the honesty, indomitable courage, and high principles of free government symbolized by his life.”
“If we wish to make democracy permanent in this country let us abide by the fundamental principles laid down in the constitution. Let us see that the state is the servant of its people and that the people are not the servants of the state.”
“Liberty has been the key to our progress in the past and is the key to our progress in the future. If we can preserve liberty in all its essentials there is no limit to the future of the American people.”